Las mujeres no siempre somos víctimas. A veces somos verdugo y podemos ser el peor de ellos. Toda la razón. También es verdad que mucho de lo que ocurre en las relaciones (de sexo libre o de amor) es porque somos permisivas con muchas cosas y también poco asertivas. Porque incluso como “víctimas” permitimos que eso ocurra.

Pero también podemos dar a conocer nuestro lado perverso de la moneda más rápidamente. Hay momentos en que verdaderamente somos el mal en tacones. Podemos ser las peores, las p-e-o-r-e-s. La más mala, la más bitch, la mujer con menos tacto para decir que un hombre no nos gusta, que no queremos nada con él, que lo queremos lejos de nosotras, que tal vez si acaso, y a veces, sólo nos interesa el sexo. Y ya, adiós, bye, ciao, hazte click y minimízate.

Claro, y para que no crean que generalizo, debo decir que no siempre ocurre así. Tengo amigas a las que un cierre de ojo y un anticuado y nefasto ¿cómo te llamas? es suficiente para platicar con un tipo en un bar la noche entera. Yo no. Me da una flojera inmensa. Y díganme “Margaret”, pero ¿para qué hablar con un tipo a quien no me une nada, no me gusta, me quiero dormir mientras habla y además quiere hacerse el chistoso la noche entera? ¿Sólo para tener con quién platicar? ¿Para ser amable y, por no haber dicho, “no gracias” deba soportarlo? Mmmm. Pues no, gracias. Si hay alguien interesante, el asunto cambia, aún así  no me gusta que me aborden de esa manera. Puedo ser entonces la mujer más detestable del planeta.

Tengo una amiga que siempre me dice: “Ay Nina, pero si sólo quiere platicar”. “Por eso”, le contesto. “Me aburre enormidad. No voy a platicar ni a perder mi tiempo con alguien que ni mi pariente es”. Y puedo decirlo casi en su cara. En la cara del fulanito, valga decir.

He sido realmente mala cuando le he dicho a alguien que antes me gustaba y que ahora no. Que alguna vez le vi algo lindo, pero pues ahora no, gracias, y que me deje de buscar. Hay alguien que tiene casi un año invitándome una cerveza. Un año entero. Hoy es no, no puedo, no quiero, ya tengo compromiso. Antes era: tengo que leer, salgo de viaje, estoy cocinando, estoy dormida, esto es una grabación. A pesar de eso, nunca se cansa. Pobre. Jamás saldré con él.

Ahí es donde las mujeres emponzoñamos nuestro veneno. Fulminante y lapidario. Lo único que no he podido decir a hombre alguno es que lo tiene pequeño. Ya se saben que.  Pienso que le arruinaría la vida para siempre. Lo dejaría a punto de arrojarse por un puente. Y no. Discúlpenme, pero que se lo diga otra. Yo no (así pensaremos todas y el pobre hombre irá a la tumba pensando que tiene un gran juguete). Hasta eso. Me tiento el corazón cuando les tiento otra diminuta cosa.

Pero, ¿qué pasa cuando a ella no le gustas tanto? Aquí la situación: Él la conoce a ella. Él queda prendado por la belleza de ella. Ella apenas se da cuenta de la existencia de él. Ella sigue su vida normal. Él no. Hará hasta lo imposible por obtener su teléfono, le preguntará al amigo del amigo si es que no se atrevió a pedírselo directamente a él. Le llamará. Ella será amable y cordial pero indiferente. Él pensará que tanta amabilidad es porque quizá ella sienta algo por él.

La invita a salir. Ella no tiene nada mejor qué hacer y tal vez algún patán la dejó plantada con la salida del sábado por la noche. Ella accede. Salen, se divierten y la verdad es que la pasan bien. Ella piensa que cuando tengan hijos él podría ser un buen padrino. Le cae bien. Es divertido. Él, luego de esa noche está perdida y locamente enamorado.

Cambia su forma de ser, de actuar. En su familia, trabajo y amigos se preguntan qué pasará en la vida de él. A qué se debe su cambio repentino. Él todavía no puede creer que semejante diosa haya aceptado a salir con él y que, además, se sienta atraída a él.

Ella lo pasó bien y quizá en recompensa de sus atenciones pueda ofrecer algún beso. Como de amigos, por cariño, vaya. Él en ese beso sabe que ya está perdido. Ella piensa que él no besa tan mal y que quizá habría que probar otras artes. Que quizá en el sexo no esté tan tirado a la calle. Él la deja en su casa y ella va a dormir tranquila luego de una noche con todo pagado. Él no puede dormir. Está esperando el día en que pueda volver a verla, llamarle, invitarla a salir. Piensa en cómo va a declararse para que sea sólo de él y nadie se la gane.

Ella está enamorada de alguien más. O no le interesa nadie en particular y tendrá muchos amigos como éste. O en el mejor de los casos, ella podría sentir lo mismo que él y entonces sería la culminación de su amor.

Pero en nuestro caso no. A ella no le interesas. Nada ni tantito. Sólo acaso para que algún día pagues la cuenta, le des un beso y puedas ocupar con diversión sus días de aburrimiento. Quizá te lo proponga o quizá no: tener sexo libre y sin compromisos. Si un hombre dice que no, chicas, es que ya se ha enamorado.

Si dice sí es que preferirá tenerte aunque sea de esa manera o, si es inteligente, buscará estar cerca de ti de esta manera para entonces enamorarte si es que él busca algo más serio (y chicos, la revelación del arcano: esto sí puede funcionar).

Cuando nosotras sabemos que ellos están a nuestra total disposición podemos ser implacables, arrolladoras. Decir cuanta barbaridad se nos ocurra y todo será aplaudido. Podemos decir que no queremos salir con ellos una y mil veces. Y parecerá que ellos nunca habrán escuchado. Y eso tampoco nos gusta. No queremos un sí eterno para todo. Por eso  si hay un ligero cambio, si ellos comienzan a mostrar cierto desinterés, entonces nuestra alarma se dispara y haremos algo para mantener su atención. Una vez obtenida, entonces, nuevamente a despreciarlos.

Quizá es un asunto de ego tonto. De mostrar quién es el más fuerte o débil. No lo sé, pero lo cierto chicos es que cuando conocemos a un “hombre-tapete” nos sentimos como vampiresas con un cuerpo listo para chupar. Y podemos regodearnos en eso.

Pero también es un juego que jugamos las mujeres muy peligroso. Pues al final podemos jugar mal: enamorarnos, haber iniciado una relación de una manera no muy sana, engancharnos, desatar una oleada de celos y comenzar una relación enfermiza.

Es verdad lo que dicen: no todas ni todos somos iguales. Habrá historias afortunadas, pero creo que si alguien de verdad te dice que no, lo mejor y más sabio será siempre lo más sencillo: aceptarlo y de verdad creerlo. O aceptarlo y jugar el juego con todos los riesgos que eso implica.

Fuente Original:

Nina. El Blog de Nina. Octubre 2009

 

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