¡Gracias! No te imaginas cuánto te lo agradezco. Lo digo sin una partícula de ironía. Todo lo que he aprendido, madre mía, no lo pago con dinero. No discutiré; no pretendo que lo admitas o lo entiendas. Tampoco pido explicaciones; así que no te defiendas alegando un cariño que no entendí, pues la filosofía que rige tu vida es: “En nombre de la amistad:  Muere por mí”.

Una de las cosas que he aprendido es que existen personas con tal capacidad de autoengaño que se pueden permitir el lujo de hacer y decir lo que les place sin ser hipócritas, y que tratar de razonar con ellas es tan fructífero y gratificante como tratar de razonar con un caimán. También aprendí que los irresponsables escaparates egocéntricos que no saben ni lo que quieren ni lo que no quieren son como los postres: los más aparentes, dulces y apetecibles, son los que más caries, hiperglucemia y lombrices producen.

Entiendo que hayas aprovechado, tener un enamorado es lo más parecido a tener un esclavo, fácil en su uso, cumplidor, recreativo, lucrativo…; pero yo, al punto, me autolibero y me bajo.

Gracias de nuevo por las lecciones; mas ya no me dejaré arrancar más trozos de vida y piel a cambio de la cucharadita de miel. Suerte, búsquese otro “plan B” que le aplaque su carencia, antojo, o menester , y que a usted le vaya bien.

Fuente Original:

Víctor J. Encinas García. ¿Jugaste conmigo?. Como desenamorarse. 2008

 

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