Espero que Miguel, uno de mis mejores amigos de toda la vida, no se resienta ni me retire su cariño después de leer este post. Ocurre que su historia es tremendamente ilustrativa, y como creo que las historias importan más que los personajes que circunstancialmente las protagonizan, pues asumo el riesgo de contarla aunque me quede sin amigo.

Me acordé de él hace dos semanas, cuando fui al concierto de Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat. Decía que me acordé de Miguel porque en el escenario el envejecido Sabina canturreó la que ––para mí–– es una de sus canciones más logradas: ‘Princesa’, cuya letra es un calco del drama de mi compadre ‘Micky’, como cariñosamente le decimos. En realidad, en un primer instante no pensé en él, sino en Francesca, su más reciente ex novia, una chica que aunque ya bordea la base tres aún persiste en actuar como una alborotada e irresponsable veinteañera.

Eso en sí mismo ––sufrir el trastorno de la adolescencia tardía–– no me merece mayores reparos [incluso a mí mucha gente me achaca la teórica incoherencia de tener 31 años y comportarme despistadamente como un desubicado jovencito de 18]. Lo fregado en el caso de Francesca es que esa supuesta inmadurez ha ido acompañada de un inaudito y sistemático desparpajo para maltratar a Miguel, para aprovecharse de la ceguera de su amor y trapear el piso con su amenguada autoestima.

Durante el año y medio que estuvieron juntos Miguel fue el gran animador de la relación: el romántico, el desinteresado, el incondicional, el fiel, el detallista; es decir, lo que para muchas chicas vendría a ser el enamorado perfecto (y para muchos chicos, el perfecto idiota). Cada vez que salían juntos él se desvivía para que ella estuviese contenta y cómoda. Incluso reprimía su clásica hiperactividad y se quedaba a su lado tranquilo, actuando como el chico comedido y zanahoria que, valgan verdades, nunca ha sabido ser.

Recuerdo varias reuniones en las que Miguel parecía estar sedado o anestesiado. Se pasaba la noche entera de la mano de Francesca, y mientras ella chismeaba con sus amigas y brindaba y devoraba bocaditos, él solo atinaba a vigilar, con la mirada perdida, el vuelo rasante de las moscas. Parecía como si alguien le hubiese puesto una fortísima dosis de Burundanga en el trago.

No sé ustedes, pero yo me angustio cuando veo que un amigo altera aspectos de su forma de ser solo para preservar la armonía de su relación sentimental. O sea, si eso lo pone feliz y la novia vale el sacrificio, pues bienvenidos sean los ajustes, el control, la autocensura y las variaciones de personalidad. Pero si la muchacha de marras –como en el caso de Francesca– es una loca disforzada que pisotea al enamorado, que no reconoce los muchos sacrificios que él hace, que lo castiga con temporadas indefinidas de ‘break’, que le miente y lo hace sufrir, entonces uno –en su calidad de camarada– tiene derecho al piteo.

En una relación siempre hay un miembro de la pareja que tiene la sartén por el mango y que, cuando es consciente de eso, pues se termina aprovechando de que la balanza esté inclinada a su favor. Es difícil que dos personas se enamoren con la misma intensidad. Lo regular es que haya uno que seduce y otro que se deja seducir; uno que traza los planes y otro que los acata; uno que domina y otro que es dominado; uno que quiere más y otro que quiere distinto.

Bueno, pues, Francesca tenía clarísimo que, en su relación con Miguel, ella llevaba la voz cantante, la que decidía cuándo salir, cuándo bailar, cuándo ir al cine. El pobre de Miguel soportó durante más de quince meses sus pataletas, sus idas y venidas, sus desórdenes alcohólicos, sus inconfesables mentiras (que él trataba de disfrazar de verdades solo para no verse en la obligación de encararla y poner en riesgo su estatus de enamorado oficial).

Si Miguel hubiese sido igual de mequetrefe en sus anteriores experiencias con chicas, pues no habría sido novedad que se dejara mangonear por Francesca de ese modo tan sorprendente. Lo extraño era que Miguel siempre había sido el bacancito, el que magullaba corazones, el que entraba y se marchaba de las relaciones amorosas cuando le daba la regalada gana.

Con esos antecedentes, Miguel lo que parecía necesitar era justamente una chica que le diera de su propia medicina. Por eso al principio Francesca nos cayó muy bien a todos: parecía la horma de su zapato, la flaca que lo pondría en vereda y que le quitaría todas esas mañas de galán de pueblo joven tan características en él.

Con el tiempo, sin embargo, fue quedando claro que entre los dos no había amor, sino un entramado de obsesiones: Miguel estaba atontado con Francesca de manera casi irreversible, y ella se acostumbró a humillarlo, a veces en la intimidad, a veces en público. Ella rompió en decenas de oportunidades y cada vez que regresó a pedir disculpas, dudosamente arrepentida, el Huevas Tristes de Miguel le abría la puerta y la dejaba invadir nuevamente su vida. La frase “esta es la última oportunidad que te doy”, se convirtió, de tanto repetirla, en su lema favorito. Bastaba que ella le mandara un mensaje de texto entre tierno y culposo al celular para que él comenzara a ablandarse.

Es horrible la palabra ‘enchuchado’, pero hasta que el lenguaje no encuentre una jerga menos vulgar que la reemplace de manera convincente, pues tendremos que seguir apelando a ella para explicar casos como el de Miguel. El pobre no estaba enamorado, como decía, sino que vivía atado a una cama y al sueño optimista de que algún día esa cama se convirtiera en algo más real, más verdadero, más humano.

Hasta ahora no sé qué fue lo que lo liberó de la pesadilla. No sé si fue el psicoanalista que lo trataba dos veces por semana, o si fue la constante campaña de desprestigio que sus amigos montamos en contra de Francesca; o si fue la poderosa resolución con la que una mañana, cansado de haberse convertido en un patético fantasma, él decidió deshacerse de la sombra ominosa que no lo dejaba estar en paz.

Lo cierto es que llegó el celebrado día en que Miguel se miró a los ojos delante del espejo y dijo ¡basta!, hasta aquí nomás, ya no jalo. Una semana antes, Francesca, siguiendo su previsible modus operandi, lo había mandado a volar, bajo la excusa tonta de que él no respetaba su espacio. Era mentira, desde luego. Siete días después ––con ese cuajo tan indescriptible–– ella lo llamó para mendigarle un perdón que ya no recibiría. Para su sorpresa (y para la de todos), quien le contestó el teléfono ya no fue el tipejo pusilánime que solía pasarle por alto sus faltas de respeto, sino un hombre dolido, pero aún capaz de emanciparse de su dolor para mandarla lúcidamente por un tubo.

Ella le lloró, farfullando algunas de esas clásicas expresiones que los hombres y mujeres arrepentidos usamos en nuestro desesperado e infructuoso intento por recobrar a la persona que estamos a punto de perder: “me he dado cuenta de que tú eres el hombre de mi vida”; “te juro que nunca más voy a volver a fallarte”, “sin ti mi mundo no tiene sentido”; “no podría vivir si me dejas”, etcétera, etcétera, etcétera.

Quienes hemos pasado alguna vez por el terrible rito de la contrición amorosa y hemos apelado a esas peticiones sabemos lo duro que es rogarle a alguien que se quede contigo y recibir a cambio tan solo una devastadora mirada de lástima, o una caricia de compasión o, peor, un tibio beso en la frente.

No me alegra que Francesca la esté pasando mal por haberse dado cuenta a destiempo de lo importante que era Miguel (en el supuesto de que lo haya hecho). Lo que me alegra es haber recuperado anímicamente a un amigo que se pasó varias noches en vela, gimoteando por una enamorada que lo trataba como a un calzón viejo, y que por fin, sacando fuerzas de donde ya no tenía, le dijo ––como canta Sabina–– “ya es demasiado tarde”.

[Este es un video de un jovencito Sabina en concierto cantando Princesa. Quienes no conocen el tema, y están pasando por los mismos aprietos por los que pasó mi amigo Miguel, escuchen la letra detenidamente, apréndansela de memoria y cántensela a la desgraciada (o) que los atormenta]

[Este es un clásico de José Jose. También habla de lo mismo. Muy recomendable]

Fuente Original:

Renato Cisneros. Busco Novia. Empresa Editora El Comercio Peru. Diciembre 2007

 

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